De Doce Cuentos Peregrinos.
Gabriel García Márquez.
¡Rayos!
Un final inesperado, ciertamente.
¿Quién hubiera imaginado un desenlace de ese calibre, cuando se logra una asociación tan directa con el protagonista?
Se trata de una historia que envuelve al lector, lo seduce. La narrativa tan detallada de García Márquez, es cautivante. Me fascina como describe escenarios y situaciones. Creo que esa es la característica particular de él. La historia, la tierna historia de un romance clásico, tan sabido, tan estereotípico, tan occidentalmente idealizado. Un par de jóvenes y bellos que tienen un alocado romance que termina, y vaya que literalmente termina, en la luna de miel.
_ Uno podría intuirse que algo extraño está sucediendo con Nena Daconte. Sin embargo la desgracia de Billy González es tan fuerte y tan sentida que me resulta prácticamente imposible no empatizar con él. Pese a que la cuasa de la muerte, me resulta fantasiosa y caprichosa la causa de la muerte de Nena; el pinchazo de la espina de una rosa. Lejos de eso, creo que la obra se aleja un poco del realismo fantástico para adentrarse en los lúgubres y anegados pantanos del surrealismo.
_ La obra se torna profundamente psicológica conforme Nena y Billy van ingresando en terreno francés rumbo a París. Y se vuelca completamente hacia el pensamiento y las emociones de Billy cuando deja a Nena en el corredor del hospital...
Respecto a la subjetividad, esta puede abordarse desde distintos puntos en la progresión de la historia. Desde el momento alocado y pasional en el que Nena y Billy se conocen, y empieza el autor a describir las personalidades de ambos, y el cambio conductual que implica para Billy conocer a Nena, y cómo esta descubre y le descubre su parte "sensible" en él; e incluso en los niveles de percepción tan dispares en ambos, y que vienen implícitos en su personalidad.
__ Sin embargo, considero que la parte más analizable para este caso es sobre los acontecimientos finales. Cuando uno por fin se da cuenta cómo se desarrollaron los hechos.
De entrada, tenemos la dificultad del lenguaje. Billy se encontraba solo en un mar de gente. Aislado. Lo cual me recuerda un pasaje de El Principito en el que el zorro le dice que aún rodeados de gente, generalmente nos encontramos solos. Esto me lleva a reflexionar sobre "el problema ontológico de la soledad" que nos remetiría a la obra de Octabio Paz, El Laberinto de la Soledad, y de ahí a la obra de la Psicología del Mexicano, para redundar finalmente a una obra que desmascara estos problemas de la inutilidad del esfuerzo humano en la lucha contra lo que le acontece...
-- Y así, podríamos tener una profunda y larga reflexión filosófica y existencialista sobre qué es en realidad el hombre...
¿Una invención a caso?
¿Una ilusión cargada de perspectivas?
¿Es el hombre a caso, y tan solo solamente eso, una maraña de experiencias sensuales que le llevan a tratar de decodificar un medio que le resulta hostil?
¿Un constructo social, cultural, "civilizatorio" que no hace más que profundizar su arraigue en un mar de soledad?
¿Es a caso el espejismo de una unidad que batalla en contra de un sinnúmero de circunstancias, la mayoría no deseadas, no provocadas, sino más bien impuestas, ya sea por la causalidad, o quizás por el monstruoso aparato que en colectividad se construyó con la finalidad de "facilitar" o "sofisticar" la convivencia humana, pero que lejos de eso se entreteje como una maraña de la que difícilmente se puede escapar. En la que uno es arrojado en el nacimiento como mosca a la telaraña, y que mientras más se trate de escapar, más se enreda y atrapado queda...
_ Difícil pues resulta, y amarga también, la experiencia de Billy González, a quien una vida de brabuconería, de barreras mentales autoimpuestas para tratar de defenderse del medio. Un ser poco consciente de su soledad, de su vacío existencial, de una oquedad profunda de afectos. Que, finalmente conoce las lides del amor, en una delicada jovencita que lo llena de un romántico y pasional amor. Debe enfrentarse a la lucha consigo-mismo para darse cuenta que al salir de lo recondito de su miseria, no logrará encontrarse más que con una brutal y absoluta realidad, la cual ahora sí, sin relativismos ni ambiguedades, brutalmente le escupe en la cara, cuando despierta del marasmo de sus sueños...
Es cuanto.'.
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martes, 14 de mayo de 2013
domingo, 12 de mayo de 2013
Los discursos de la verdad.
En el foro anterior ya compartí mis impresiones sobre la
lectura. En realidad creo que todo podía resumirse a que no concuerdo con
Foucault, ni con Castro Orellana. Aunque aplaudo su dedicación y esmero en sus
obras.
Lejos
de la experiencia anterior, esta vez quiero compartir un poco de mi
perspectiva, que viene de mis parciales observaciones, mi formación e historia
de vida.
Hace
tiempo, cuando finalizaba mi formación teológica, decidí abrirme a nuevas
experiencias espirituales, para conocer más y profundizar más en mi propia
experiencia como ser espiritual. Concretamente, dejé un poco de lado para
indagar en otras culturas y tradiciones religiosas. Concretamente las
orientales.
En oriente,
tanto la gran mayoría de las escuelas budistas, como algunas corrientes
gnóstico-cristianas, como en el tao, y algunas otra, se comparte un perspectiva
bastante distinta sobre la verdad, la cual es muy distinta a las experiencias e
ideologías que han marcado, y hasta cierto punto determinado la especie de
cosmovisión que domina en el pensamiento racionalista y positivista que viene
marcando la tendencia desde hace ya cuatro o cinco siglos (y ni qué decir si
nos metemos al pantanoso mundo oscurantista del Medievo).
De los
primeros autores que cautivaron mi interés en ese entonces. Que me permitió
tener un acercamiento hacia lo que groso modo voy a llamar como el pensamiento oriental y que me
permitió partir desde mi limitada experiencia, cosmovisión y creencias de joven
clérigo, cristiano, occidental. Fue Robert H Stuky, quien actualmente es una
autoridad en el abordaje académico de las religiones comparadas, y académico
experto en Tantra e Historia de los primeros siglos de la cristiandad. R Stuky
en una de sus obras [1] toca temas diversos temas de interés, tratando de hacer
paralelismos a los conceptos que conocemos los occidentales. El que llamó
poderosamente mi atención, fue el término sánscrito que más podría acercarse a
la idea de lo que nosotros denominamos “pecado”: Ajñana.
Sin
embargo, hay que tomar en cuenta las referencias culturales que se encuentran
detrás de este término, ya que el marco de trasfondo, o lo que los académicos
denominan “marco teórico” es radicalmente distinto a las nociones e ideas
asociadas que se asocian dentro de nosotros al recibir el estímulo de la
palabra “pecado”.
En
oriente (en el subcontienente indio, más concretamente), en gran parte de las
escuelas/corrientes del pensamiento, llámense filosóficas o espirituales, ajñana,
viene siendo considerado como el estado de error puro; o mejor dicho, un estado
primordial de ignorancia en el cual todos los seres sintientes nos encontramos.
Es decir, en un estado de desconocimiento total de la “Verdad”.
Este
estado de ignorancia determina siempre y todo momento los actos y pensamiento
de la vida de los seres humanos. Luego entonces esta premisa nos apunta
poderosamente a otra de las máximas del pensamiento oriental que nos dice que “todo”
es una ilusión.
Si nos
acercamos a los terrenos pantanosos de las doctrinas humanas, llegamos a un
punto en el que el ser humano, en su experiencia, trata de darle explicaciones
a estos sentimientos de condicionamientos inherentes a la condición humanos.
Para ellos siempre fue este estado de ignorancia primordial, y para los
occidentales, siempre fue la idea de un “pecado original”.
Los
budistas, explican este problema, fundamentado que la experiencia humana está
delimitada por una fuerza centrifuga, o centrípeta (desconozco de física, por
tanto no sabría cual término se acerca más) que retiene y que mantiene a los
seres humanos en esta condición.
Los
musulmanes lo denominan “nafs tirano” [2]. Los budistas lo traducen libremente
como ego.
Tomando
en cuenta esto, tenemos una perspectiva distinta a la nuestra que nos ubica en
una posición, un tanto más sana y realista, desde mi humilde opinión, en cuanto
a nuestras creencias acerca de lo que percibimos como “la realidad” y lo que
creemos que es “verdad”.
Según
varias doctrinas, lo que percibimos es sólo un constructo fabricado por
nuestros egos. Estos constructos forman creencias, y cuando estas creencias se
afianzan, entonces generamos constructos mayores que pretendemos sean nuestra
verdad. Y probablemente así es, o por lo menos nuestra experiencia de estos
tiempos nos ha dicho que así ha sido…
̶ Y vaya que me
gustaría conocer la opinión de Don Miguel a este respecto.
Dejando
claras anteriormente mis discrepancias con los autores de esta unidad, creo que
los cambios epistemológicos y paradigmáticos han sido más y más violentos de
los que suponemos. En mi humilde y limitada visión creo que estos se vienen
dando de una manera cada vez más vertiginosa conforme avanzan los tiempos (o
conforme acrecenta la población mundial) o al menos es lo que mi perspectiva
percibe.
Para
ejemplos me fascinan mucho remitirme a lo de las ciencias “duras”, que no se
por qué se llaman duras, si siempre se fundamentan sobre supuestos (teorías)
que perduran sólo unas cuantas generaciones y que son reemplazadas, desechadas,
por otras que las descartan. Y así se perpetúa el ciclo, desde la época del
renacimiento (aunque en realidad antes, sólo que los supuestos eran filosóficos
y no científicos).
Y así,
las ideas del hombre trasmigraron del geocentrismo al heliocentrismo, de la
física clásica a la cuántica, de la relatividad a la cuántica y de ahí a la
multiversidad, del creacionismo al evolucionismo, y podrían numerarse todos
estos cambios paradigmáticos en una tesis doctoral, sin aterrizar a algo
concreto. Estas teorías, son constructos humanos, limitados por la perspectiva
y la experiencia humana, y por lo tanto, sujetos al cambio y a la finitud.
Así
como esto ha ocurrido en la historia del hombre, lo mismo sucede en la historia
de los individuos. A final de cuentas, creo, y no estoy seguro tampoco de eso,
que sólo poseemos realmente nuestra perspectiva en base a la cual, vamos
asimilando nuestra insignificante experiencia. Y digo insignificante
considerando que hay siete mil millones de experiencias simultaneas a la
nuestra, insignificante contemplado la brutal magnitud de que es lo que se
encuentra fuera de nosotros, y de lo que se encuentra dentro. Insignificante en
el sentido de que no podemos explicar siquiera los procesos mentales (la mente,
el pensamiento) que nos levan a pensar y reflexionar al escribir estos
renglones. Insignificante porque la enfermedad del ego muchas veces nos engaña
llevándonos a creer que la verdad sólo existe en virtud de nosotros mismo…
¿Será a caso esto posible?
¿Y que es pues cuando la perspectiva se termine?
¿Sus constructos morirán con ella,
o permanecerán un tiempo, para morir después?
1. El Jesús Tántrico.
2. Nafs podríamos traducirlo como “alma”. El “naf tirano” hace referencia al ego mundano.
¿Será a caso esto posible?
¿Y que es pues cuando la perspectiva se termine?
¿Sus constructos morirán con ella,
o permanecerán un tiempo, para morir después?
Es cuanto.'.
Drako Konztantyno,
Heresiarka ++
Drako Konztantyno,
Heresiarka ++
1. El Jesús Tántrico.
2. Nafs podríamos traducirlo como “alma”. El “naf tirano” hace referencia al ego mundano.
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Posmodernismo,
Psicología Moderna
jueves, 9 de mayo de 2013
Problemas de la subjetividad humana en tiempos del despertar de un sueño antropológico.
O quizá pudo haberse llamado “El despertar de un sueño
antropológico, en tiempos de una doctrina Foucaultiana”.
Antes de comenzar, quisiera pedir una disculpa por la
dilación. He de confesar que tuve un grave conflicto existencial al leer,
detenerme y releer el escrito requerido para la presente unidad, y foro.
La verdad es que ya había tenido mis desencantos antes con Foucault directamente (es decir sin mediador que me lo interprete) y ustedes disculparán mis antipatías personales hacia los autores, pero habrán de comprender que vengo de una formación e historia de vida, la cual no me permiten embutirme de dogmas que no comprendo, o con las cuales no simpatizo. Lo sé, es cosa mía, son mis prejuicios también, pero creo que siempre es bueno cuestionarnos todo, y muy en especial aquellas cosas nuestras que nos llevan a cuestionar.
Y así
sin darme cuenta creo que vengo aterrizando en el problema foco de esta unidad;
“Problemas de la subjetividad en el desarrollo humano”. Enfrentarnos con
monstruos conceptuales, doctrinales y analíiticos como al relatividad, la
individualidad, los “otrismos”, lo subjetivo, lo “objetivo”, la “Verdad”, o
mejor dicho la “pluriversidad” infinitas de verdades; “realidad” y percepción. “Everything
is perception” parece ser la nueva moda (y
por moda me refiero a las modas que, según el autor, se supone a las cuales
alude Foucault) y al parecer, se trata también del nuevo paradigma desde el
cual me encuentro yo, joven adulto residente en el posmodernismo, tratando de
abordar las ideas y los conceptos que a nombre de otro autor categóricamente
más influyente, pretende venderme el autor.
Antes
de continuar, critico el reduccionismo de Castro Orellana, por no indagar más a
fondo entre los textos de Foucault. Y honestamente, y a título personal, me
cuestiono profundamente que la historia de la civilización occidental se
concrete a cuatro momentos, o “epistemes” como él las refiere, para poder
comprender, y desde ahí explicar discursivamente “la historia del conocimiento”
o según él “de las estructuras fundamentales de nuestro saber”.
Y quizá
la culpa sea mía y no del autor, al criticar su reduccionismo. Al momento de
leer, me cuestionaba sobre las grandes eras de las corrientes filosóficas… Y me
preguntaba ¿Y qué hay del clásico, y los sofistas, los platonistas,
aristotelianos, pitagóricos, estoicos, sínicos, etc…? Tiempos en las que
prácticamente cada generación, o cada siglo, se veía marcado por una fuerte
ruptura por los paradigmas de la generación anterior…
¿Qué me podrá decir el autor, sobre tiempos históricos como la agonía del Imperio Romano (o la nuestra) en la que convergen una pluralidad de corrientes de pensamiento, en las que unas y otras pugnan por ganar terreno, por captar adeptos, o mínimo simpatizantes. Épocas en las que autores, filósofos, místicos, científicos, desde el exótico crisol de la pluralidad, engendran, destruyen, reforman, corrompen, excitan, las avenidas y vertientes del pensamiento humano…?
¿Qué me podrá decir el autor, sobre tiempos históricos como la agonía del Imperio Romano (o la nuestra) en la que convergen una pluralidad de corrientes de pensamiento, en las que unas y otras pugnan por ganar terreno, por captar adeptos, o mínimo simpatizantes. Épocas en las que autores, filósofos, místicos, científicos, desde el exótico crisol de la pluralidad, engendran, destruyen, reforman, corrompen, excitan, las avenidas y vertientes del pensamiento humano…?
Eso
pensaba de momento, mientras leía sobre la historicidad etiquetada en cuatro
momentos, encajonada como si no diera para más, y además, haciendo bombo y
platillo de las disonancias lingüísticas, de la desarmonizaciones de las
lenguas, las incompatibilidades semióticas, la irrealidad de una traducción
virginal, inmaculada del pecado original de la interpretación. Las líneas de un
autor que tímidamente sugiere la relatividad de la perspectiva, enfrentándose
con un sínico que la grita a los cuatro
vientos.
De pronto, quizá entramos en los
terrenos pantanosos del inconsciente colectivo, que de ser así, explicaría por
qué las personas de una época piensan, actúan, se desenvuelven de una
determinada manera.
Una conducta esperada que los hace llegar a conclusiones “acertadas” y teniendo como certeza una especie de código (y discúlpenme por el juego de palabras) no codificado, pero que se asume, para ese preciso momento, como una verdad (social o generalizada, no lo sé; sin embargo sé que es muy probable que hubieran coqueteado con la idea de una Verdad universal) y no dejo de cuestionarme si tanto Foucault, e inclusive Castro Orellana, estuvieran exentos de esa cruenta y virulenta, pero silenciosa, enfermedad del ego, que nos lleva a aseverar con fuerza, con pretendida autoridad y voz de mando, que las líneas que enunciamos son constructos de esa “Verdad” o que son “Verdad”. Y con esa certeza los autores abordan, clasifican, critican, esquematizan, conceptualizan, y defienden argumentos propios, quizá vigentes, quizá fuertes, duros, validados por su contexto y momento histórico. Pontificando doctrinas que se desplazan en el discurso como el máximo saber, el pretendido conocimiento…
Y ante esto, ¿qué me queda? A mí, que no pontifico, a mí que me resulta parca y reduccionista su postura, a mí que me toca vivir una época donde el cambio paradigmático es tan vertiginoso, en un tiempo en el cual estamos tan enajenados que ni siquiera somos consientes de ello. Un joven adulto que no sabe si es parte de la generación X, o la Y, o la Z, o si me quede dormido en el sueño del milenarismo. Que mira cada vez más marcadas y trascendentes las grietas generacionales.
Una conducta esperada que los hace llegar a conclusiones “acertadas” y teniendo como certeza una especie de código (y discúlpenme por el juego de palabras) no codificado, pero que se asume, para ese preciso momento, como una verdad (social o generalizada, no lo sé; sin embargo sé que es muy probable que hubieran coqueteado con la idea de una Verdad universal) y no dejo de cuestionarme si tanto Foucault, e inclusive Castro Orellana, estuvieran exentos de esa cruenta y virulenta, pero silenciosa, enfermedad del ego, que nos lleva a aseverar con fuerza, con pretendida autoridad y voz de mando, que las líneas que enunciamos son constructos de esa “Verdad” o que son “Verdad”. Y con esa certeza los autores abordan, clasifican, critican, esquematizan, conceptualizan, y defienden argumentos propios, quizá vigentes, quizá fuertes, duros, validados por su contexto y momento histórico. Pontificando doctrinas que se desplazan en el discurso como el máximo saber, el pretendido conocimiento…
Y ante esto, ¿qué me queda? A mí, que no pontifico, a mí que me resulta parca y reduccionista su postura, a mí que me toca vivir una época donde el cambio paradigmático es tan vertiginoso, en un tiempo en el cual estamos tan enajenados que ni siquiera somos consientes de ello. Un joven adulto que no sabe si es parte de la generación X, o la Y, o la Z, o si me quede dormido en el sueño del milenarismo. Que mira cada vez más marcadas y trascendentes las grietas generacionales.
¿Qué puedo pensar yo, que sólo
puedo tener certeza de mi ignorancia la cual me condena a una feliz agnosia? De
un autor que defiende a ultranza y con características y valores propios del
modernismo, a un autor al cual el mérito que le aplaudiría, sería el hecho de
que en su momento fue el catalizador para un cambio de paradigma, pero quien
finalmente, no distó mucho de la pedantería megalómana de sentirse dueño de la
Razón, que acompañó a sus antecesores, algunos de sus coetáneos, y en este
caso, a uno de sus adoctrinados.
Si hay un Dios, que me libre de la pedantería de creer que yo soy poseedor de la razón, y que me de la humildad de comprender que lo único que poseo, es una torpe, limitada y viciada, visión.
Es cuanto.'.
En mi Amor por las Mesoaméricas.
Drako-Konztantyno, Heresiarka.
Referencia:
http://eprints.ucm.es/7166/
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domingo, 28 de abril de 2013
Sexualidad infantil y neurosis. Visión de un Occidente enfermo.
Ensayos sobre las conferencias IV y V de S. Freud,
pronunciados en la Clark University, de Massachusetts, en 1909.
pronunciados en la Clark University, de Massachusetts, en 1909.
Antes de comenzar el escrito, quisiera dejar en claro que
durante mucho tiempo he disentido demasiado con la doctrina psicoanalista. Pese
a haber llevado trabajo terapéutico en varias ocasiones desde mi infancia, hasta
el momento, en mi humilde opinión personal, no encuentro, salvo las razones
similares a las cuales nos llevan a creer en cualquier otro dogma, una
fundamentación por demás lógica, para muchas de las enunciaciones y premisas
(axiomas tomados como Verdades a priori) más que sofismo filosóficos que deben
ser revisados una y otra vez, a través de los anteojos de los tiempos y los
contextos, para que no se caiga en la tentación de asumir una postura
filosófica como si se tratase de una Verdad universal atemporal.
Sé que la finalidad de este
ensayo es discurrir entre dos interrogantes para tratar de integrar los
contenidos de cinco discursos. Y la verdad desconozco en sí los por qués. Lejos
de parecer prejuicioso, y tratando, los más humanamente posible, de hacer de
lado mis prejuicios a las pronunciaciones que a mi parecer a veces me resultan
casi pontificales en las cuales se prununciaba Freud. Quisiera dejar en claro
que pese a la realización del presente trabajo, sigo manteniéndome en mis
posturas originales al respecto.
Me molesta de sobremanera, que
pese a que reconoce el trabajo de otros académicos contemporáneos a él en la
disciplina. En sus disertaciones (orales y escritas) se deja pasar muy
fácilmente sobre constructos sociales y culturales, desdeñando en todo momento
a quienes le son ajenos a sus posturas.
Dicho sea esto, comienzo con la actividad requerida.
Dicho sea esto, comienzo con la actividad requerida.
Según Freud, “las vivencias de la infancia explican la
susceptibilidad para posteriores traumas, y sólo descubriendo y haciendo
conscientes estas huellas mnémicas/mnesicas, comúnmente olvidadas, conseguimos
el poder para eliminar los síntomas”.
Esta
frase, viene a ser uno de los axiomas que forman parte de la semiente del
edificio del Psicoanálisis. Y en la cual
se fundamenta casi todo su aparato doctrinario, que con el tiempo y la refinación
clínica daría origen al método terapéutico como tal.
Según mencionaba el Freud mismo
en los discursos II y III, pronunciados en la
Clark University, de Massachusetts, en
1909. Las premisas de Breuer resultaban insuficientes para abordar la Histeria (desorden
de conversión). Y creía firmemente que sólo por medio de su tratamiento terapéutico podría llegarse a la resolución de de
los conflictos a los cuales a partir del discurso III comienza a referirse como
la “enfermedad”.
Ante un grupo de estudiantes, con
bombo y platillo Freud anuncia, engalanado de su más pomposa retórica, el descubrimiento de la sexualidad infanti
[1]:
“ El niño tiene sus
pulsiones y quehaceres sexuales desde el comienzo mismo, los trae consigo al
mundo, y desde ahí, a través de un significativo desarrollo, rico en etapas,
surge la llamada sexualidad normal del adulto. Ni siquiera es difícil observar
las exteriorizaciones de ese quehacer sexual infantil; más bien hace falta un
cierto arte para omitirlas o interpretarlas erradamente”.
Pese a que se ha venido abordando el tema,
aunque muy precariamente desde el s. XVI. Además, afirma que junto a la
interpretación de los sueños, es en el escenario de la sexualidad infantil, y
sus pulsiones castradas [2], en donde se encuentra el germen que, a la razón de
las huellas némicas que nutren, por el
mecanismo de la represión, la reacción
ante los traumas de la vida adulta:
“Pues bien, estamos
autorizados a calificar de sexuales a todas esas poderosas mociones de deseo de la infancia”. [3]
Ahora, teniendo como base argumentativa todo lo anterior, y enfocándonos en la sexualidad del niño; se plantea que es durante esas primeras experiencias de contacto corporal, sumamente placenteras para el infante, cargadas de intensidad y complejidad (libido) en las que se da una disociación/escisión ya que el objeto [4] de su deseo es el sí mismo (autoerotismo, Havelock Ellis).
El infante, conforme crece, se apropia de su propia excitación
al ser consciente de sus propias zonas erógenas, que le son fuentes de placer:
sus genitales, boca, ano, piel, etc.
Esta disociación a la que Freud refiere, es la introspección
del placer sexual del infante; tan alejado de los “fines prácticos, ‘normales’
y ‘naturales’ de la reproducción de la especia” (énfasis personales).
Presciendiendo del “objeto” ajeno. Hasta que poco a poco exterioriza su foco de
atención y satisfacción erótica extroyectandola a situaciones y personas según
continúa creciendo y desarrollándose. Es decir, se identifica a alguna
actividad placentera o con alguna persona.
Todo lo anterior explica la sexualidad del infante, vista
desde los plomizos t embotellados lentes de Freud. Sin embargo no nos explican por sí mismo, el síntoma de la patología posterior. La
causa, según él, se encuentra en la no resolución de estas etapas. Lo que según
él, conducen a la neurosis (por represión) o a la perversión (al no ser
reprimidas, sino por el contrario). Teniendo en la época de la
adolescencia/pubescencia el escenario en el cual se agudiza las castración/censura
represiva:
“Pero no a todos los
componentes pulsionales originarios se les permite participar en esta conformación definitiva de la vida
sexual. Aún antes de la pubertad se imponen, bajo el influjo de la educación,
represiones en extremo enérgicas de ciertas pulsiones, y se establecen poderes
anímicos, como la vergüenza, el asco, la moral, que las mantienen a modo de unos
guardianes. Cuando luego, en la pubertad, sobreviene la marea de la necesidad
sexual, halla en esas formaciones anímicas reactivas o de resistencia unos
diques que le prescriben su discurrir por los caminos llamados normales y le
imposibilitan reanimar las pulsiones sometidas a la represión”.
Continuando en esta índole, inicia el quinto y último
discurso. Afirmando que en todos los procesos que son parte del desarrollo, “se encuentran los gérmenes de la
predisposición patológica”. Solo qué, según él, aquellos que son más
funcionales, las mantienen sólo en su estado latente, mientras que el “enfermo”
es en quienes esa predisposición emerge, ya sea por las experiencias previas, o
por otro tipo de “anormalidades” o tendencias, también patológicas según esto,
de “regresión” (infantilismo). Conduciendo, como mencionaba ya en párrafos
anteriores, a la perversión, en sustitución de la “meta sexual normal” por otra.
“La predisposición a las neurosis deriva de diverso modo de un deterioro en el desarrollo sexual. Las neurosis son a las perversiones como lo negativo a lo positivo: en ellas se rastrean, como portadores de los complejos y formadores de síntoma, los mismos componentes pulsionales que en las perversiones, pero producen sus efectos desde lo inconsciente; por tanto, han experimentado una represión, pero, desafiándola, pudieron afirmarse en lo inconsciente. El psicoanálisis nos permite discernir que una exteriorización hiper-intensa de estas pulsiones en épocas muy tempranas lleva a una suerte de fijación parcial que en lo sucesivo constituye un punto débil dentro de la ensambladura de la función sexual. Sí el ejercicio de la función sexual normal en la madurez tropieza con obstáculos, se abrirán brechas en la represión {esfuerzo de desalojo y suplantación} de esa época de desarrollo justamente por los lugares en que ocurrieron las fijaciones infantiles.
“ … La huida desde la realidad insatisfactoria a
lo que nosotros llamamos enfermedad a causa de su nocividad biológica, pero que
nunca deja de aportar al enfermo una ganancia inmediata de placer, se consuma
por la vía de la involución (regresión), el regreso a fases anteriores de la
vida sexual que en su momento no carecieron de satisfacción. Esta regresión es
al parecer doble: temporal, pues la libido, la necesidad erótica, retrocede a
estadios de desarrollo anteriores en el tiempo, y formal, pues para exteriorizar
esa necesidad se emplean los medios originarios y primitivos de expresión
psíquica, Ahora bien, ambas clases de regresión apuntan a la infancia y se
conjugan para producir un estado infantil de la vida sexual”.
La reconducción consciente de las
represiones inconscientes.
El asunto
sobre los “descubrimientos” de Freud, no quedan meramente en los postulados.
Él, pese a todo, se esfuerza por ofrecer un método aplicable y replicable. El
cual obviamente tenga como finalidad la resolución de esos conflictos.
Propone que estas conductas
patológicas se explican, a nivel operativo, en el adulto, como una
aversión/fuga de la realidad apremiante. Una resistencia hacia el mundo
exterior.
Sin embargo, el proceso terapéutico,
que tiene como finalidad hacer consciente lo inconsciente. Su premisa es que
por medio de esto, es que estas fantasías inconscientes pierden fuerza cuando
se las reconoce. Ya que al ser visibles y tangibles, se pierden posibilidades
de enajenarse en ellas.
Otro es el caso de quien tiene
algún talento artístico, quien puede desfogar estas pulsiones libidinosas,
puede sublimar estas tendencias de manera creativa por medio de la aplicación
de su talento, en un fin que se considera social y culturalmente muy
edificante.
Y
finalmente, resta el recurso psicoanalítico, con la finalidad de encausar esas
energías libidinosas a su cauce “normal” en la satisfacción “natural” de manera directa
en la vida.
Fuente: Cinco conferencias sobre psicoanálisis. (1910 [1909]). Über Psychoanalyse.
Referencias:
1. Pese a que la literatura reporta que se vienen
realizando observaciones más o menos
serias; y por serias entiéndase por documentadas, controladas y hasta un
cierto punto controladas (es decir, aplicándose algunos de los rudimentos que
posteriormente daría origen a la razón de la metodología científica) desde la
época del Emperador Maximiliano II de Austria.
2. “... mociones
de deseo en la infancia…”
3. The
emotion of sex-love; A Preliminary Study of the Emotion
of Love between the Sexes.
Stanford Bell.
4.
Me conflictúa horriblemente mencionar la palabra
objeto. Más bien creo que sería el sujeto de placer, puesto que se trata de uno
mismo. Y aún teniendo en cuenta que lo refiere como objeto/objetivo.
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miércoles, 24 de abril de 2013
Sobre el Desorden por Conversión Histérica.
El desorden por conversión, es el nombre con el cual ahora
se conoce lo que Fred, durante sus disertaciones en EE.UU., recogidad en el
documento “Cinco conferencias sobre psicoanálisis”, denominaría conversión histérica.
Este
desorden está caracterizado por episodios disociativos recurrentes, durante los
cuales, quien los padece, pierde conciencia de la voluntad y del sí [ 1]. La
mayoría de las veces se encuentra acompañada de sintomatología somatomorfa, la
cual no se explica por medio de una valoración bio-médica [2]. Es decir; que el
individuo pierde alguna o algunas de sus capacidades motoras sin razón orgánica
aparente o dicho en otras palabras “sin explicación alguna”. Como en el caso de
la paciente de Breuer, que quedaba paralizada de sus extremidades diestras, y
la repentina pérdida de la capacidad de beber.
En la
época y contexto en el que Don Freud pronuncia su discurso, podemos entender
que conceptualiza , y es bien importante señalar que así se explica en ese
entonces dicho trastorno, que: “ … la
conversión histérica exagera esa parte del decurso de un proceso anímico
investido de afecto; corresponde a una expresión mucho más intensa, guiada por
nuevas vías, de la emoción”.
Sin
embargo, conforme se desarrolla el discurso, comienza a definir
particularidades de este desorden, afirmado que cuando el cauce de las emociones
se quiebra en dos canales, “una corriente congestionará el cuse, produciendo la
congerstión de uno de ellos” [traducido libremente; el énfasis es mío]. Ahora bien;
dado que en cualquier individuo son posibles diversos estados anímicos; cabe
señalar que en el caso de la conversión histérica, estos procesos guardan tal
idependencia el uno del otro, que cada uno logra hegemonizar la voluntad (imponiéndose
y atrayendo la conciencia), impostándose uno en el otro: “doble conciencia”.
Cabe destacar que en cada episodio, no se recuerda nada del “otro”.
“Cuando, dada esa escisión de la personalidad, la conciencia permanece
ligada de manera constante a uno de esos dos estados, se lo llama el estado
anímico conciente, e inconciente al divorciado de él”.
Breuer, refería a estos estados alterados, los de los
síntomas histéricos, como hipnoides. Ya
que se los explicaba como “exitaciones patógenas” en las cuales el individuo no
puede encontrar la canalización normal de sus emociones, y por tanto las
somatiza:
“De estos nace entonces un insólito producto: el síntoma, justamente; y
este se eleva y penetra como un cuerpo extraño en el estado normal, al que le
falta, en cambio, toda noticia sobre la situación patógena hipnoide. Donde
existe un síntoma, se encuentra también una amnesia, una laguna del recuerdo; y
el llenado de esa laguna conlleva la cancelación de las condiciones generadoras
del síntoma”.
Sin embargo; pese al cuadro propuesto por Breuer, y al marco
etiológico que él propone para explicar a los estados hipnoides; Freud desecha
la propuesta afirmando que tal demostró ser superflua e imprecisa y que por
esto fue puesta en desuso por el psicoanálisis:
“Habrán recibido ustedes, sin duda, la
justificada impresión de que las investigaciones de Breuer sólo pudieron
ofrecerles una teoría harto incompleta y un esclarecimiento insatisfactorio de
los fenómenos observados; pero las teorías no caen del cielo, y con mayor
justificación todavía deberán ustedes desconfiar si alguien les ofrece ya desde
el comienzo de sus observaciones una teoría redonda y sin lagunas. Es que esta
última sólo podría ser hija de la especulación y no el fruto de una explotación
de los hechos sin supuestos previos”.
Fente: Cinco
conferencias sobre psicoanálisis. (1910 [1909]). Über Psychoanalyse.
Bibliografía:
1.
Somatización y Trastorno Conversivo: Clínica,
fisiopatología, evaluación y tratamiento. Gaedicke Hornung Andrés; González-Hernández Jorge. Revista Memoriza.com 2010; ISSN 0718-72036:1-14.
2.
REVISTA VITA (Escrito por Webmaster Viernes, 30
de septiembre de 2011 18:14). Revisado
el día 24 de abril del 2013.
http://www.revistavitard.com/categoryblog/251-ique-es-el-trastorno-de-conversion.html
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Etiquetas:
Posmodernismo,
Psicología Moderna
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